DICIEMBRE
2005
El final del paro, nos dicen, estaba pactado. El viernes
anterior al paro, nos dicen, ya se pactó que este no duraría
más de 48 horas. El Gobierno pedía insistentemente
que se desconvocase, ya se llevaba una semana de paro en la Cornisa
Cantábrica y sectores industriales como el automóvil
(Vigo-PSA), el siderúrgico (MEGASA-Galicia, ARCELOR-Asturias),
el pesquero estaba resintiéndose. Además, al presidente
Zapatero no quería conflictos en el transporte. Ya había
demostrado con las movilizaciones con los estibadores que si había
que hacer gestos de ceder se hacían. Algunas patronales
llegaban también al paro forzadas por la provocación
de los paros anteriores y tenían que hacer el gesto de
convocar un paro y escenificar un mínimo tira y afloja.
No se podía desconvocar aunque se consiguiese lo mismo
el domingo que el martes porque si no no se iba a salvar la
cara ante el sector, que no las bases, que como mínimo
están dispersas y no asociadas.
Además el alzamiento en el norte aconsejaba convocar un
paro general mayor para devolver al centro y a Madrid el eje de
la negociación.
Esto no se podía conseguir saliendo el domingo anterior
a la huelga y diciendo que se había llegado a un acuerdo:
no sería creíble. Pero Gobierno y patronales eran
tan conscientes de que, prendida la mecha, podría irse
de las manos y acabarse con comités de paro provinciales,
en una especie de revolución francesa son control desde
Madrid que convenía también no alargar el tira y
afloja.
Aquí, algunos dirigentes patronales creen que para mentalizar
a los cargadores habrían hecho falta dos días más
de paro, pero el peligro de que lo que pasaba en Galicia, Asturias
y Santander, donde líderes poco conocidos por la generalidad,
encabezaban la revuelta y con eficacia digna de la guerrilla de
nuestra Guerra de la Independencia. Que líderes como Enrique
Riaño o José Luis Crene se convirtiesen
en héroes locales de los transportistas, como el Empecinado,
si consiguieran acuerdos parciales era algo que no convenía
al modelo de negociación estatal en Madrid. Se había
puesto además en tela de juicio la representatividad del
sector, es decir, el régimen actual. Mucha revolución
para jugar con ella. Han faltado líderes en Barcelona,
Valencia, Madrid y Andalucía para haberse provocado una
revolución. Pero ASTAC en Cataluña
no dio el nivel. En Valencia, los puertos van a su bola y allí
se resuelven con la pastilla barbacoa los conflictos, en el resto
hay más empresas, relativamente, que autónomos,
que no querían el conflicto y la FVET se opuso oficial
y abiertamente al paro, y su situación económica
es mejor. En Madrid hay menos transporte y más obras, cuyos
transportistas juegan a su sector solamente y Andalucía
está carente de líderes en las cooperativas desde
que la poca unidad se rompiese.
Aún con todo, como prueba el paro anterior en el Norte,
la revuelta en Asturias, en el feudo del mismo presidente de la
patronal y al margen suya, atentando contra sus propios camiones,
la extensión podría haber venido por provincias
y regiones como Aragón, ambas Castillas y Murcia, donde
distintas asociacionespodían haber dado al paro del Norte
caracter nacional. Pero en Aragón, TRADIME-Z es
muy sensata y poco revolucionaria, en Castilla-La Mancha, los
autónomos de portavehículos prefieren hacer la huelga
por su cuenta, sin sincronizarla y a su rollo, quemando camiones
pero selectivamente. Eso de cortar carretera junto
a los piquetes del resto que la huelga anterior paralizó
el transporte con Valencia y el sureste, nada. Que cada uno defienda
lo suyo, y prefiero quemar jaguars en Navarra, sorprendiendo
a todos con acciones fuera de sus anteriores ámbitos de
actuación.
Aunque el paro se convocaba algo tarde, con la campaña
de trabajo de Navidad y la fruta a dos o tres semana vista,
mejor, con todos los antecedentes, no jugar con fuego y en cuanto
se pudo se desconvocó.
Los grandes cargadores tendrían que subir un 6% mínimo
a pesar de las protestas de alguno que escenificó en la
tarde del marte en que se desconvocó el paro su falta total
de autoridad y mandato para firmar un documento que obligase a
sus miembros. Por unos minutos se rompió la baraja pero
había mucho en juego para seguir. El último paro
nacional había durado menos de 48 horas, como se
había pedido. |