ENERO
2006
El 22 de diciembre pasado, un conductor valenciano llegó
a una plataforma de una empresa de gran distribución en
Getafe (Madrid), dispuesto a dejar allí su carga. Esperó
y esperó. Ya sabía de antemano que aquel era, como
decían sus compañeros, uno de los peores lugares
para cargar o descargar de España, o, como decía
un porugués, lo que pasa aquí, no pasa en
ninguna otra parte de Europa. A otros les había tocado,
ese mismo día, el gordo.
No buscó un sitio para hacer sus necesidades porque sabía
que no lo había. El café del termo se había
quedado frío y cualquiera perdía la vez para acercarse
a la cafetería del polígono. Es más, ni dios
se atrevía a alejarse mucho por temor a no oir las llamadas
del guardia que salía a llamar a los conductores voz en
grito, o ayudado de un incomprensible megáfono.
Aquel día la espera se hizo demasiado larga. En el almacén
se estaban reaprovisionando para los días de Navidad
y el personal era el de un día cualquier, dos carreterilleros
para hacer mucho trabajo y diez muelles. Con la ayuda de unos
compañeros, hizo una fogata. Eran fechas especialmente
señaladas y no estaba dispuesto a pasar otra fiesta fuera
de casa cuando no había necesidad.
Mirando las brasas acumuladas en el fuego tomó una decisión.
Iba a cruzar el camión. Estaba harto. Se había cansado
de esperar en balde y se sorprendió al ver la reacción
de los compañeros que esperaban con él, que le apoyaron
e hicieron crecer la revuelta.
Así se gestó el plante de ochenta conductores
el 22 y el 23 de diciembre pasado frente
al almacén de DIA en Getafe (Madrid). Ochenta conductores
con sus respectivos vehículos, tanto asalariados como autónomos,
trabajadores de grandes empresas y de pequeñas, con productos
perecederos y carga seca, españoles o de otras nacionalidades.
Todos ellos se negaron a descargar sus mercancías hasta
que no se les prestara un poco de atención. La tarde del
22, un conductor valenciano decidió cruzar su camión
frente a la entrada al recinto de DIA.
A la empresa del almacén aquello le pareció otro
conato de insurrección tan fácil de atajar como
otros anteriores. Las contramedidas consistían únicamente
en saber esperar, que el cansancio se apoderase de los
rebeldes, que empezasen a dividirse y, cuando ya estuvieran a
punto de disolverse, prometerles que en próximas ocasiones
se les haría algo más de caso. Pero esta vez, la
cosa fue distinta. La radio e internet se hicieron eco del levantamiento.
A las puertas del almacén se oyeron las quejas de quienes
soportan estas condiciones a diario:
1. Las esperas son larguísimas. Se fija una hora
de llegada que sólo tiene efecto si el camión no
llega a esa hora. Sólo entonces se deja ese camión
para descargarlo al día siguiente. No cuenta el tiempo
que se espera una vez se ha llegado a tiempo.
2. Más de cuatro horas de media para dejar la carga,
sin que se pague ni un duro por paralización. Además,
no se llega a tiempo para cargar en otros almacenes las cargas
de retorno. Es el caso, por ejemplo, de un conductor portugués
que, llegado de Alemania, ese mismo día 23 de diciembre
tenía que haber cargado en otro almacén madrileño
para volver cargado a Oporto. Finalmente, tuvo que volverse de
vacío. Había más casos similares.
3. Las jornadas de los propios conductores se alargan, perjudicándoles
a ellos tanto o más que a sus propias empresas. El enfado
que acumulan se une a la poca calidad del descanso que hacen y
eso puede tener su reflejo en su actitud al volante, cara a cara
con la rosca y la ruta.
4. Las condiciones de carga y descarga siguen siendo lamentables
en muchos lugares, aunque siempre pueden encontrarse honrosas
excepciones como algunas que nos mencionaron los conductores.
Hay pocos carretilleros y poco personal de almacén, con
lo que las mercancías se acumulan rápidamente y
los camiones se convierten en almacenes suplementarios gratuitos.
Son las empresas de transporte las que cargan con el gasto de
personal que se les genera, las que mantienen la cadena de frío
y custodian la mercancía, respondiendo de cualquier pérdida
o robo.
En este caso concreto, además, las facturas de las fotografías
demuestran que a los conductores se les cobran 19,14 euros si
el personal del destinatario descarga su camión.
5. No se cuida a los conductores. En multitud de casos no
tienen ni lugares donde hacer sus necesidades ni donde cobijarse
de las inclemencias del tiempo, sea invierno o verano. Muchos
cargadores consideran que ya tienen bastante con sus modernas
cabinas y algún pinar que encuentren por ahí.
Finalmente, la cosa volvió a cerrarse en falso. El cargador
en este caso prometió que las labores de descarga iban
a acelerarse cuando el daño ya estaba hecho, y que se iba
a pagar paralización a los que habían estado esperando
desde las 16 horas del 22 de diciembre. Con respecto a otras peticiones,
como una sala para que los conductores puedan esperar, se respondió
que se estudiaría el caso.
El almacenista argumenta, como prueba la nota de la izquierda,
que las descargas no se han realizado por causas ajenas
al almacenista.
Esta redacción ha intentado ponerse posteriormente en contacto
con representantes de la empresa propietaria del almacén
de Getafe, quienes han preferido no hacer comentarios al respecto.
|