DICIEMBRE
2005
Convocar un paro patronal, una medida de fuerza, aunque sea en
parte provocado por la insensatez y la provocación de otros
actores, no es cosa que hagan los empresarios. Menos los grandes
empresarios, y menos los que están en organizaciones que
aspiran a codearse dentro de la CEOE.
Marcos Montero ha superado una prueba que en algún
momento se le ha podido llevar por delante, tanto en lo político
como en lo físico. El martes en el que se desconvocó
el paro estuvo ausente, internado en una clínica de Madrid
y no salió hasta después de tres semanas.
Montero no jugó, como hicieron pasados presidentes, al
equívoco. No actuó con la calculada tibieza del
anterior. Falto del apoyo u oposición (no se sabe) de los
grandes empresarios, muchos escindidos en otras organizaciones,
se la jugó con un lenguaje entre lo empresarial y lo revolucionario,
proponiendo acciones selectivas de presión sobre colectivos
de cargadores. Se alineaba casi casi con los de las pastillas
barbacoa (los incendiarios de portavehículos), en el otro
extremo un lenguaje institucional, pero que transmitía
creíblemente la frustración de los transportistas,
casi desesperación, y monumental enfado, por la
falta de atención de los cargadores, convencía y
lograba el secreto apoyo de tirios y troyanos.
Poco faltó para que las latas de gasolina, o los tiros
de postas al parabrisas y no al radiador, o un trágico
accidente con un autobús en cualquier piquete le hubiese
tocado seriamente.
En la CEOE o en los Consejos de las Cajas de Ahorros no quieren
a Cascorros empresariales con latas de gasolina.
Montero tuvo una prueba de la hostilidad, cuando periodistas de
talla le criticaron duramente en una intervención en la
radio. Buena prueba que pronto tendría a la opinión
pública en su contra y por mucha razón que tuviese
lo trataron como a Jimmy Hoffa, el líder de los
transportistas americanos. Sólo era el primer día
del paro. Su posición a la cabeza de una manifestación
que no controlaba, nadie controla un paro y menos partiendo del
minifundio asociativo y la bicefalia en la patronal, podía
además haber rebotado también peligrosamente con
los clientes. Otros se presentaban como víctimas de la
impulsividad de De la Roza, hábilmente, pero Montero
respondía en la radio, a la ministra, a los cargadores,
a quien fuese. Era la expresión de la frustración.
Poco había faltado para que algunos clientes se hubieran,
como mínimo, molestado, por muchas cartas en sentido contrario
que les enviasen, incluido él mismo.
Todo dependía de que el paro fuera visto y no visto, y
sirviese además para neutralizar el ya peligroso paro en
el Norte y a otros que se pudieran precipitar. Así fue
y aunque algunos le acusen de ternerlo pactado, el tema podría
haberle descalabrado. En cualquier caso, como tenía el
poder, y por omisión de los demás jugó el
balón y le salió bien.
Con bastantes dosis de juvenil temeridad y riesgo, asumio
el cargo de líder asociativo y ha salido vivo de esta primera
prueba, al ser de los pocos líderes empresariales en convocar
un paro patronal. Como dice el gaucho, lo que no mata te hace
fuerte y Montero, por así decirlo ha sobrevivido, ampliado
capital y convencido a los socios, de momento. |