DIARIO DE PUERTOS Y NAVIERAS - 26/11/2025
Franco y el franquismo en los puertos, cincuenta años después.
El dictador murió en su cama, hace cincuenta años y no vamos a venir aquí con las idas y venidas que está teniendo el cruel personaje. Ni los que lo explotan ocultando que hacen poco por la crisis de la vivienda, la malgobernanza de los puertos, o el desorden en la administración, ni aquellos imbéciles, unos conociendo la realidad y otros sin conocerla, que minimizan lo que fue la dictadura incluso en sus últimos estertores.
Imbéciles ha habido siempre porque la humanidad no hace otra cosa nada más que repetir la historia, pero conviene señalarlos porque no hay mayor estulticia que el que es ignorante y encima lo exhibe.
Pero aquí nos referiremos a la influencia del franquismo en los puertos.
Franco dejó los puertos siendo Juntas de Obras del Puerto, un sistema portuario infinitamente mucho más pequeño del que ahora, pero donde se hacían las cosas como muchas veces se siguen haciendo.
Los puertos, las Juntas de Obras del Puerto, eran cotos de los ingenieros de caminos, de los jerarcas estatales, los gobernadores civiles y los poderes fácticos provinciales y las comunidades autónomas. A pesar del centralismo del dictador, en las Juntas de Obras del Puerto, simple y llanamente por falta de comunicación y lejanía, también penetraban los poderes fácticos locales.
Eran unos terrenos olvidados que, salvo el de Barcelona y el de Bilbao, apenas tenían significancia en los últimos años de la dictadura, empezban a tenerla.
Puertos especializados, unos en el carbón y el mineral de hierro, como Gijón, otros en la pesca, como Vigo o los minelares de Huelva, o el de Cartagena por los combustibles, tenían más importancia relativa que ahora.
La gran explosión de los contenedores todavía no había llegado a como la conocemos hoy en día.
La última parte de la dictadura de Franco se caracterizó en el orden económico por un liberalismo autárquico presidido por la siniestra figura del dictador.
En algunos casos, su figura, completamente desdibujada al final de su vida, servía también por el lado positivo porque el temor a la crueldad del dictador prevenía el descaro de algunos desmanes, al menos su publicidad, ahora ocurren con publicidad y no pasa nada como entonces.
Digamos que era una falsa moral impuesta por un amoral, pero que surtía ciertos efectos porque la gente sabía que se podía robar, pero que había que tener mucho ojo con el dictador. Es decir, que imponía cierta moral desde un punto de vista inmoral y amoral. El dictador podía meter en la cárcel al padre de Rodrigo Rato, un banquero asturiano, como a la burguesía catalana de Los telares, de Matesa, o al presidente del mismo banco de España.
El del Pardo, que había firmado 30.000 penas de muerte de su puño letra, a pesar de los años, mantenía un halo de dictador desde el Pardo.
¿Qué es lo que ha quedado hoy en los puertos de aquel franquismo?
Pues desgraciadamente, algo transformado en legalidad.
Porque toda esta apertura democrática, la transición democrática y la apertura de nuestro sistema económico, no ha servido tremendamente para que haya orden y respeto en la administración de los puertos.
Es más, desde el año 1992 lo que ha habido es un incremento del desorden y la manipulación portuaria. Y no porque sean autonómicos sino por que el poder autonómico no los controla.
Los puertos se quedaron en el año 92 sin una guía clara y sin ser parte de la administración general del Estado.
De hecho, aquella incógnita de qué sería todo el sistema portuario en el año 92 se ha ido confirmando y homologándose los peores augurios.
La administración portuaria se ha visto penetrada por la política de cada comunidad autónoma.
El pacto del Majestic preveía el nombramiento de los presidentes por parte del presidente de cada comunidad autónoma.
Pero eso devino después, tanto con gobiernos del PP con mayoría absoluta como del PSOE, en un auténtico cachondeo.
Porque sin estar reglado, esto supuso la penetración en todos los estamentos portuarios del poder político local y, además, sin control del poder político local.
Porque si aún los presidentes y funcionarios de los puertos, nombrados directa o indirectamente por la comunidad autónoma y el partido político en el gobierno, tuviesen que rendir cuentas ante las asambleas y los parlamentos de cada comunidad autónoma, algún control habría. No lo hay.
Pero es que ahora el del control es mínimo. Se supone que el control lo tiene que ejercer el que nombra, ya que puertos del Estado y el Ministerio y el Estado Central han abdicado de cualquier control y de cualquier cese de cualquier funcionario de los puertos por malas prácticas en un control débil, el peor control que puede haber, que es cuando un cortijo tiene dos amos o varios amos.
Es decir, como el control parece compartido, es el mejor fermento para que unos se echen la culpa a otros de lo que pasa en los Puertos.
Así, el descontrol es máximo. Si además, un presidente de puertos tras otro, hasta llegar al laxante de Álvaro Rodríguez Dapena, se puede comprender que el Estado de los puertos es peor.
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